José Gregorio Hernández: La Filosofía de una Ciencia

Contadas historias de vida logran calar un sitial de honor en la narración del quehacer profesional y el imaginario colectivo de un país. La labor realizada por el Dr. José Gregorio Hernández comprende un acelerado paseo por una corta vida que se dividió entre la filosofía y la ciencia, emparejándolas de tal forma que logró un matrimonio perfecto entre estas, a simple vista, disímiles disciplinas.

José Gregorio Hernández nace un 26 de octubre de 1864 en el apartado pueblecito de Isnotú en el estado Trujillo. Hijo de Benigno Hernández Manzaneda, de procedencia colombiana, y Josefa Antonia Cisneros y Monsilla, descendiente de españoles, gozó de una infancia enmarcada en el idílico paisaje que ofrecen los terraplenes andinos. Aunque llegó al mundo en humildes condiciones, pertenecía a la ilustre estirpe cantábrica venida a Venezuela en el segundo tercio del siglo XVIII.

En su adolescencia se traslada a la ciudad de Trujillo para efectuar sus estudios de bachillerato en el Colegio Federal de Varones, hoy Liceo Cristóbal Mendoza. Mas no pasaría mucho tiempo antes de que José Gregorio abandonara la tranquilidad de las tierras andinas para continuar su formación académica en la ciudad de Caracas. A la edad de trece años y medio prosigue sus estudios en el Colegio Villegas, uno de los mejores de la época. Relatan quienes lo acompañaron en aquel entonces, que Hernández poseedor de un carácter taciturno y callado, serio y reflexivo, solía estudiar música y leer durante los recreos en lugar de jugar con sus amigos. En esta institución obtiene el título de bachiller en Filosofía; era el año de 1884.

Sus estudios universitarios

Su primera vocación se orientó hacia las leyes, por lo que decidió estudiar derecho. No obstante, su padre lo hace desistir y finalmente se decide por Medicina, carrera que enrumba por los caminos de la biología desde sus inicios y que cursa en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Ya para aquel entonces las habilidades de José Gregorio eran múltiples, hablaba inglés, alemán, francés, italiano, portugués y dominaba el latín; era filósofo, músico y poseía profusos conocimientos acerca de teología. Se doctoró en la UCV el 29 de junio de 1888 y colocó así broche de oro a un fructífero desempeño evidenciado por maestros de la talla de Adolfo Ernst, considerado el fundador de la escuela positivista venezolana, y Adolfo Frydensberg, cofundador de la Sociedad Química de Caracas así como de la Sociedad Farmacéutica de Venezuela, de quienes fue alumno.

A tan sólo pocos días de obtener el título de doctor en Medicina sacó a colación dos temas que posteriormente desarrollaría ante un jurado examinador. En primer lugar contrastaría la doctrina de Laennec, que asienta que la existencia del tubérculo es factor suficiente para la constitución de la tuberculosis, base de la revolucionaria teoría unitaria, frente a la escuela de Virchow, que sostiene la dualidad, según la cual la tuberculosis y la neumonía eran dos enfermedades distintas sin ninguna capacidad contagiosa. En segundo lugar, profundizaría en el tema de la fiebre tifoidea típica de presentarse en Caracas. La escogencia de ambos temas no eran más que un indicio de lo que más adelante se convertiría en el eje de su profesión médica, las enfermedades bacterianas, tanto así que posteriormente fundó la Cátedra de Bacteriología en Venezuela.

Una vez graduado decide regresar a su tierra natal trujillana para ejercer consecutivamente en los tres estados andinos venezolanos. Cumplida su deuda de servicio para con su hogar geográfico, vuelve a Caracas donde comienza su actuación como científico, filósofo y filántropo.

Otra razón de peso justificaba el regreso de Hernández a la capital, uno de sus profesores y amigo, el Dr. Calixto González, lo había recomendado al Gobierno para una beca de estudios en Europa. El presidente de la República, Juan Pablo Rojas Paúl, en vista de la escasez de médicos dedicados a la experimentación para el año 1889, decreta que por cuenta del Gobierno, el joven galeno venezolano sea trasladado a Francia a estudiar Teoría y Práctica en las especialidades de Microscopia, Histología normal y patológica, Bacteriología y Fisiología Experimental , con la asignación de Bs.600 mensuales.

Su labor en Europa

Una vez en Paris, trabaja en los laboratorios de Charles Richet (Premio Nobel 1913) profesor de Fisiología Experimental en la Escuela de Medicina de París y quien a su vez había sido colaborador de Etienne Jules Marey y discípulo del sabio Claude Bernard, máximo exponente de la medicina experimental en Francia.

Estudió Histología y Embriología con Mathías Duval, quien, según la edición especial dedicada a la labor de Hernández realizada por el Diario oriental El Tiempo, da constancia de los méritos del médico al expresar textualmente, “El Dr. Hernández ha trabajado asiduamente en mi laboratorio y ha aprendido en él la técnica histológica y embriológica. Me considero feliz al declarar que sus aptitudes, sus gustos y sus conocimientos prácticos en estas materias hacen de él un técnico que me enorgullezco de haber formado”.

También participó en su formación el eminente Isidor Strauss, que había sido discípulo de Emile Roux y Charles Chamberland quienes lo fueron a la vez de Louis Pasteur, todos ellos precursores de la Bacteriología.

Concluidos sus estudios en París, solicita permiso para trasladarse a Berlín donde estudia Histología y Anatomía patológica, a su vez que inicia un nuevo curso de Bacteriología. Paralelamente a sus estudios compra un laboratorio en París por instrucciones del gobierno venezolano.

Contribuciones al campo de la medicina

En el año 1891 concluye su labor en Europa y regresa a Venezuela, donde el gobierno de turno al mando de Raimundo Andueza Palacios, decreta la creación de los estudios de Histología, Fisiología experimental y Bacteriología en la Universidad Central de Venezuela, a cargo de Hernández como catedrático y director, consolidando de esta forma la creación de la primera cátedra de Bacteriología en América.

La Microbiología en Venezuela hasta ese entonces, había sido un escueto y poco visible bosquejo de ciencia impartida por instituciones de precaria duración como los Institutos Pasteur de Caracas y Maracaibo a finales del siglo XIX, y es con la labor de José Gregorio Hernández que se afianza la apertura hacia esta particular rama de la ciencia.

La obra cumbre de Hernández en el campo científico la constituye su labor como docente, caracterizada por su decoro, sabiduría, honestidad y vocación social. Es entonces cuando comienza la enorme y fecunda trayectoria del médico, sabiendo ser a la vez investigador profesor, médico, científico, filósofo, artista, pero sobre todo hombre intachable, dispuesto a ayudar al prójimo.

Se declaró siempre creacionista, adversario de la teoría evolucionista, cuyos postulados por demostrativos que fueran, no aceptó nunca como válidos ni como verdades dogmáticas. Con arraigada vocación religiosa y adscrito fielmente a la tradición bíblica, descartó siempre como válidas las teorías evolucionistas que postulaban la transformación constante de las especies; jamás admitió transacción alguna entre las demostraciones de la ciencia, especulativa o experimental, y la palabra sagrada de los profetas, por cuya voz solía afirmar que se transmitía a la humanidad la revelación divina y la historia original de los seres humanos.

Entre los tres principales hechos de la historia médica venezolana, en 1891 funda Hernández los estudios experimentales de forma científica. Su labor docente la desarrolló a base de lecciones explicativas con observación de los fenómenos vitales, experimentación sistematizada, prácticas de vivisección y pruebas de laboratorio. Es el surgimiento de la verdadera pedagogía científica.

Entre sus diversos aportes introdujo el microscopio y enseñó su uso y manejo; cultivó y coloreó microbios e hizo conocer la teoría de Virchow. Fue también un destacado fisiólogo y biólogo, pues conocía a profundidad las ciencias básicas (física, química y matemática), trípode sobre el que reposa la dinámica animal.

Aunado a ello, nunca decreció su interés por la filosofía. De carácter reflexivo, poseedor de un espíritu selecto, con acentuado sentido crítico y pensador profundo, sintió siempre preocupación por los grandes problemas humanos. Su contribución puramente humanística quedó plasmada en su obra “Elementos de Filosofía” (1912), en donde expone la visión personal que tenía sobre el mundo y sobre las relaciones que vinculaban a los hombres entre ellos y con Dios.

La metodología científica sobre la cual edificó su labor fue la de la experimentación. Comienza por comprobar los hechos aprendidos en la teoría contrastando ulteriormente los resultados obtenidos por él con los resultados obtenidos en escuelas extranjeras. De esta forma arriba a conclusiones como la referente a la numeración globular roja, acerca de la cual acota en el I Congreso Médico Panamericano de Washington en 1892, que, “el número de glóbulos rojos es menor en los habitantes de las regiones intertropicales que en los de las regiones templadas, y suponemos que esta hipoglobulia depende del organismo que teniendo menos pérdidas de calor por la irradiación , disminuye la producción globular y por este hecho estoy perfectamente de acuerdo con la opinión antigua de que los países cálidos son los países anemiantes por naturaleza”.

También escribe, junto a Nicanor Guardia, acerca de la angina de pecho de naturaleza paludosa, vaciando sus estudios acerca de la materia en un artículo titulado “Sobre la angina de pecho de naturaleza paludosa”. Para la materialización de dicha publicación utiliza sus estudios realizados en la Facultad de Medicina de Madrid, los cuales consistieron en la observación de tres casos, cuyas causas creyeron haber dilucidado y que les sirvió de base para el estudio de una enfermedad poco conocida y escasamente estudiada para aquel entonces. El estudio de los tres casos anteriormente mencionados lo condujo a concluir, mediante la observación del pigmento melánico en la sangre, que se trataban de individuos bajo la potencia del impaludismo. Sin embargo, no observaron el hematozoario de Laveran, pero la circunstancia de haberse transformado los accesos de angor en accesos de fiebre paludosa, es tan demostrativa como la presencia misma del pigmento antes mencionado. A su vez, describe los tipos de anginas de pecho: por ateroma, por simple neuralgia del plexo cardíaco o por obstrucción de arterias coronarias, por el protozoo y por las granulaciones pigmentarias. Así mismo describió la acción curativa de la quinina en estos casos.

Dentro de sus publicaciones, realiza varias en la Gaceta Médica de Caracas y luego en 1906, publica su obra más importante: “Elementos de bacteriología”, calificado por expertos en la materia como prodigiosa, reflejo de concisión y claridad, además de constituir el primer libro en la materia publicado en el país. En dicha obra define la bacteriología, los microbios, microbios vegetales, animales, sus formas, coccus, bacilos, spirillus, clasificación de Pasteur, entre otros.

Estudia también las lesiones anatomopatológicas de la pulmonía crupal, mejor conocida como neumonía fibrinosa o diplocóccica. Considerada para la época como excepcional, demostró a través del estudio y análisis clínico minucioso, que era una enfermedad bastante común en Caracas, concluyendo en al artículo que redactó para la Gaceta Médica de Caracas, titulado “Lesiones anatomo-patológicas de la pulmonía crupal”, lo siguiente: “…La muerte puede sobrevenir en cualquiera de los periodos de la pulmonía…la causa de muerte es por agotamiento del corazón por excesivo funcionamiento… “. Y más adelante dice: “…de estas consideraciones podemos deducir que la regla de conducta que debemos observar en presencia de un caso de pulmonía fácil de sintetizar: en el tratamiento de la pulmonía lo primero es defender el corazón”.

En el año de 1910 escribe junto con el Dr. Felipe Guevara Rojas, el artículo “De la nefritis a la fiebre amarilla”. Documento en el que señala que las lesiones encontradas eran: “aumento de volumen y congestionamiento, manchas equiomáticas y sangre en la orina, lesiones en los glomérulos de Malpigio… apartando los casos fulminantes que destrozan el hígado por esteatosis sobreaguda podemos establecer para los demás la siguiente ley: en el tratamiento de la fiebre amarilla lo primero es defender el riñón”.

También investiga las relaciones que a su juicio debían existir entre el bacilo de Koch y el de Hansen, basándose para ello en la ácido resistencia e inicia trabajos para contribuir al tratamiento de la tuberculosis con el aceite de Chaulmoogra ( Ginocarda odorata ), sustancia que era usada para aquel entonces sólo para tratar la lepra. Finalmente presenta en sesión de la Academia de Medicina en 1918 una nota al respecto en la que puntualiza: “ el aceite de Chaulmoogra ciertamente mata al bacilo de Koch, los enfermos tratados mejoran su estado general después de la inyección…las inyecciones de 1 o 2 cc, separados por largos intérvalos es lo mejor”.

El galeno venezolano estudia además el flagelo de la bilharziasis entre la población nacional, alertando al gremio médico y al público en general acerca de la importancia de la endemia, poniendo en evidencia que su extensión en Venezuela era mucho mayor de lo que se creía.

Fue uno de los 35 fundadores de la Academia Nacional de Medicina en junio de 1904, formando el grupo de médicos de la época convocados por Luis Razetti para membrar la salud en Venezuela.

En 1909 fue nombrado Jefe de Laboratorio del Hospital Vargas y cuatro años más decide retirarse a la Cartuja por lo que envía una carta al entonces presidente de la Academia Nacional de Medicina, a lo que Razetti le responde: “Señor Doctor José Gregorio Hernández: Honorable Colega, considerada por esta Academia la renuncia de miembro de ella, que usted se ha servido enviarle con fecha 18 de los corrientes, tengo la honra de decirle que la Academia no la ha aceptado porque considera que el cargo de Miembro de una Academia no es renunciable. Soy de usted seguro servidor y colega”.

Posteriormente entre los años 1914 y 1915 dicta clases de medicina en forma privada y sin remuneración alguna en el Colegio Villavicencio. En 1917 viaja a Estados Unidos para cursar nuevos estudios en materia de bacteriología. Regresa a la UCV en 1918 y se convierte en el primer profesor en enseñar a los alumnos la toma de la tensión arterial.

En resumen, Hernández dictó veintiún cursos universitarios más dos prácticos de una duración de un año cada uno, que alternaba con el ejercicio particular de la medicina en un consultorio privado localizado en su propia casa, lo que según datos estadísticos, le permitió recabar unas 7000 recetas médicas.

El 29 de junio de 1919, un domingo como cualquier otro José Gregorio Hernández salió a atender a vecinos enfermos. La última persona atendida fue una anciana de pocos recursos a quien decidió ayudar comprándole las medicinas. Al salir de la farmacia de la esquina de Amadores y Uparal, fue arrollado por un carro que le puso fin a su vida.

Concluye así la historia de uno de los más recordados y admirados personajes de la medicina venezolana que hoy por hoy, sigue ayudando al prójimo más allá de lo terrenal y lo conocido. Al respecto de Hernández, Razetti señala: “Creía que la medicina era un sacerdocio, el sacerdocio del dolor humano y siempre tuvo una sonrisa desdeñosa para la envidia y una caritativa tolerancia para el error ajeno. Fundó su reputación sobre inconmovible pedestal de su ciencia, de su pericia, de su honradez y de su infinita abnegación. Por su prestigio social no tuvo límites y su muerte es una catástrofe para la Patria”.

En el año de 1947 el Instituto de Medicina Experimental de la UCV, por disposición del Consejo Universitario y del Congreso de la República, recibe el nombre de Instituto de Medicina Experimental Doctor José Gregorio Hernández y está destinado fundamentalmente a las labores de investigación, perfeccionamiento de la enseñanza, promoción y restitución de la salud, consignas que Hernández desde sus inicios en la medicina, promulgó y ejemplificó.

Por Marianny Sánchez

Cortesía de Revista VITAE – UCV

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